FRANCISCO MONTERO Y «COLETERÓN» DE MONTEVIEJO: UNA BATALLA DE TÚ A TÚ

Por primera vez acudía a la moderna plaza de toros de Villaseca de la Sagra. Lo hacía motivado por ver a los «patablancas» de Monteviejo y por la importancia que tiene el Alfarero de Oro, quizá el certamen de novilladas más importante de la actualidad.

La novillada de Monteviejo no me decepcionó, y Villaseca, tampoco.
Me encontré una plaza fea por fuera, pero más bonita por dentro. Pequeña, pero acogedora. Las veces que la había visto por la televisión (que han sido unas pocas), me parecía que era más grande. Sobre todo el ruedo, que es muy pequeño. Me daba la sensación de estar en una plaza de tientas, pero al estar tan cerca del novillo también llega más todo lo que sucede. ¡Y ojo que novillos! Pasarían por toros de plaza de primera. Tres de ellos a dos meses de ser ya cuatreños. Imponentes. Cada novillo que salía estaba mejor presentado. Astifinos. Preciosos de láminas como es este encaste (Vega-Villar) que ojalá vuelva a las ferias. Gran labor de Villaseca y excelente envío de Victorino, en especial por la presentación, pero también por la casta que sacaron los novillos. – Cabe recordar que Monteviejo es el segundo hierro de Victorino Martín con procedencia Barcial, a lo que incorporó posteriormente Galache -.

Tras el paseíllo sonó el himno nacional, muy a la francesa, ya que en el país galo es habitual que suenen los acordes de La Marsellesa al finalizar el paseíllo.
No es en lo único que se parece Villaseca a Francia. Por supuesto también lo es en la presentación de las reses y en la importancia de los tres tercios. Mientras que en otras plazas de España el tercio de varas es un mero trámite, aquí se trata de lucir al novillo. Los novilleros los dejaron largos, sobre todo José Cabrera, lo cual hay que agradecérselo.
Al primero lo dejó en el lado opuesto del ruedo. El Monteviejo no puso de su parte y hubo que reducir la distancia. Ahí sí se arrancó y empujó en el peto.
Entró al turno de quites Cristóbal Reyes por tafalleras, pero el novillo cojeaba de una pata. Esto lo pudo acusar durante el resto de la lidia, ya que daba la sensación de que el toro quería, pero no terminaba de poder. No obstante, nadie pidió la devolución. Quizá no lo vieron.
En la muleta, protestó y pocas opciones tuvo Cabrera.
Curiosamente, sus dos novillos se llamaban Rosito y en juego fueron parecidos. El peor lote, sin duda.
El cuarto también soltaba gañafones y acortaba el viaje.
Además, perdió las manos en alguna ocasión. Durante la lidia se le dieron demasiados capotazos y eso, tampoco ayudó.
A este novillo lo banderilleó Cabrera con algo más de acierto que al «abreplaza».

Algo mejor fue el lote de Cristóbal Reyes, del que hay que destacar su predisposición, yéndose a «portagayola».

El veleto segundo mantuvo el interés. Aunque en el caballo se dejo pegar sin empujar, se le dió mucho y mal. El novillo sangraba considerablemente, pero aún así no descolgó en toda la faena. Encampanado y con la boca cerrada. Daba miedo verle. Cristóbal Reyes estuvo digno, pero no le pudo. Había que cruzarse, ya que el animal tenía poco recorrido, pero no lo hizo. Al estar fuera de sitio, el novillo le veía y le avisaba con la mirada. Con la espada se mostró inseguro, yéndose a los bajos hasta en tres ocasiones.
Al quinto de la tarde tampoco le aplicó una estructura inteligente de faena. Como casi toda la corrida, se revolvía rápido. Giraba rápido el cuello después de cada pase de pecho, pero el novillero insistía en rematar todas las series por arriba cuando el animal lo quería todo por abajo. Por arriba se violentaban todos. Pero variedad entre los novilleros, ahora mismo, hay poca. Son faenas mecánicas: cinco muletazos y el de pecho.
Pinchó, pero al menos esta vez arriba.

Sin duda, lo más destacado de la tade fue la batalla que libraron Francisco Montero y «Coleterón».
Fue este un novillo acapachado, el de menos trapío del encierro, lo cual no quiere decir que estuviese mal presentado. El Monteviejo tenía caja.
Salió acometiendo contra todo a gran velocidad, demostrando bravura. Un novillo alegre y pronto, sacando las virtudes de este encaste y, también, alguno de sus defectos. En definitiva, un novillo prototipo de lo que es Vega-Villar.
Empujó de forma algo desordenada en el caballo, pero empujó.
En banderillas hubo un gran par de Ismael Mora. Sin embargo, en su segundo par resultó prendido, y en un acto de vergüenza torera y valor pidió otro par de garapullos sin mirarse. Posteriormente, pasaría a la enfermería. Fue muy buena la lidia de Daniel Sánchez.
El toro de vez en cuando hacía cosas de manso, como mirar a tablas o escarbar. Estos son los pequeños defectos que antes comentaba y que no iban en consonancia con su comportamiento cuando veía las telas y se las quería comer. Por abajo, a diferencia del resto de la corrida que pecó de la falta de humillación.
Pero que nadie se piense que era un novillo fácil. Era muy encastado. Fiero, arisco. Francisco Montero, curtido en mil batallas en las capeas dió la cara con él. Hasta pareció poderle por momentos, pero solo lo parecía. Cuando le sacaba un par de muletazos buenos, el novillo decía «hasta aquí» en el siguiente.
Fue una faena de mucha emoción. No obstante, la intensidad ya la ponía el novillo y los muletazos. No había necesidad de tanto gesto por parte de Francisco. Como tampoco hacía falta la música, que alguno reclamó sin sentido, porque esto no era una obra de arte, era más bien una guerra. De hecho, la música duró una serie, por un desarme del Monteviejo. Me recordó a Ureña con «Pastelero», por poner un ejemplo relativamente reciente, sin llegar a torear tan de verdad y tan encajado como el lorquino, pero las sensaciones fueron parecidas.
La estocada arriba y la muerte del novillo estuvieron a la altura de lo vivido. Cuando el novillo caía rodado, amagaba con levantarse, fruto de su casta.
Gran ovación para el novillo y oreja con fuerte petición de la segunda para Montero, que ayer no estaba anunciado en la feria y, por la lesión de Máxime Solera, ha terminado siendo uno de los grandes protagonistas. El palco puso un rigor impropio en una plaza de tercera de un pueblo, pero esto no es un pueblo más. Esto es Villaseca y es un ejemplo a seguir para (lamentablemente) tantas y tantas plazas…

Francisco Montero sabía que tenía la Puerta Grande entreabierta, porque tenía ya una oreja cortada y la gente tenía ganas de sacarle a hombros. Se fue la puerta de chiqueros a recibir con el capote de paseo a «portagayola» al novillo, como ya hiciese hace un par de semanas con un Saltillo en Las Ventas. De nuevo le salió bien. De hecho, a diferencia de Cristóbal Reyes, no se tiró al suelo. Aguantó bien y le dio la larga cambiada de rodillas, como posteriormente daría otra ya con el capote normal.

En el caballo el toro soltó una coz. Se emplazó y tuvo una actitud de manso. Manso encastado, eso sí.
En un lance el novillo le dió un varetazo del que Montero se dolió con sus aspavientos, pero eso le sirvió para espolearle aún más. Antes estaba tratando de torear más abandonado, pero también más «fueracacho» y con el pico.
Después de este susto, volvió por sus fueros del arrojo y el valor. Aunque estuvo más acelerado, se colocó mejor y ligó los pases, dejando la muleta puesta al tremendo Monteviejo, que parecía un torazo de cualquier plaza. Su pitón izquierdo asustaba.
Estuvo inteligente al acabar con manoletinas para calentar al público. Sin embargo, se precipitó al tirarse a matar aprovechando ese momento en el que el público estaba metido en su faena, sin tener el toro apenas colocado. Por ello, la estocada le quedó caída, pero aún así, el público le quiso sacar en volandas y le pidieron la oreja, que el presidente otorgó, ya que como marca el reglamento la primera oreja es el público y, aquí, en Villaseca el reglamento se sigue a rajatabla.
De hecho, en el comletísimo programa de mano se advierte de que la primera oreja es del público pero la segunda del presidente, o de que al ser plaza de tercera no se puede indultar, no sea que a alguno se le olvide. Un detalle más de lo bien que se hacen las cosas en Villaseca de la Sagra, a la que espero volver en otras ediciones del Alfarero.
Este año, el triunfador fue Diego San Román con la novillada de La Quinta, ganadería triunfadora. La mejor faena de Héctor Gutiérrez. Premios justos.
Por cierto, hace unos días decía que Héctor Gutiérrez y Diego San Román estarían en mi terna ideal de novilleros actuales junto con Polope. Los tres han salido muy reforzados este año de Villaseca, porque no olvidemos que Polope ganó el Alfarero de Plata, ya que empezó su temporada como novillero sin picadores.
Cómo veis no tengo problema en meter a los dos mexicanos que han sido protagonistas en el Alfarero de Oro entre mis preferencias. Para que luego alguno diga que solo me gustan los españoles… Alomejor es que hay pocos toreros extranjeros con clase toreando.
Incluso un periodista taurino se llegó a cuestionar si existe xenofobia en los toros. Con este Alfarero ha quedado claro que no.

Como último apunte, tengo que decir que dos de los astados que más me han gustado de los que he visto este año han sido dos novillos de Vega-Villar: un novillo berrendo en colorado de Paco Galache en una clase práctica en Villavieja de Yeltes y el Monteviejo lidiado hoy en tercer lugar en Villaseca. El primero destacó por su clase y el de hoy por su casta. Ninguno de los dos abrió la boca y fueron muy prontos. Con solo dos tardes que he visto a los «patasblancas» en toda la temporada, he salido mucho más satisfecho que en unas pocas de otros encastes mucho más mayoritarios. Hay que recuperar la diversidad de encastes como se hace en Villaseca de La Sagra. Enhorabuena a esta plaza y los organizadores de su feria, como el alcalde del pueblo.

Plaza de toros de Villaseca de La Sagra (casi lleno). Última novillada picada del Alfarero de Oro 2019. Novillos de Monteviejo con hechuras de toro, algunos rozando dicha edad. Difíciles y con poco recorrido. Destacó el encastado tercero, ovacionado en el arrastre.
– José Cabrera: silencio y silencio.
– Cristóbal Reyes: silencio en su lote.
– Francisco Montero (que sustituía a Máxime Solera): oreja con petición de la segunda y oreja.

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