EL TOREO DE… JOSÉ TOMÁS

José Tomás Román Martín nació el 20 de agosto de 1975.
Desde que en el año 1995 tomase la alternativa en México, ese país que le dio oportunidades de novillero cuando en España le faltaban, ha vivido tres etapas claramente diferenciadas como torero:
La primera de ellas hasta su retirada, con mención especial a ese trienio mágico, como lo denominó Manolo Molés, en los años 97, 98 y 99, en los que reventó el toreo en Las Ventas.
En 2007 vuelve levantado una expectación inusual, debido a su toreo y a una estrategia hasta entonces desconocida, como era no dejarse televisar.
Comienza así la segunda etapa, rompiendo ese mito de que las segundas partes nunca fueron buenas… para mito él.
Con siete orejas en dos tardes en junio de 2008 en Las Ventas de nuevo da un repaso a todo el escalafón.
En esa segunda tarde cortó tres orejas y recibió tres cornadas y hasta el momento es su última tarde en Madrid. Siete Puertas Grandes en diecinueve corridas tiene.
Ese año también indulta a «Idílico» de Núñez del Cuvillo en su querida Barcelona, otra plaza clave en su carrera.

En 24 de abril de 2010 está a punto de perder la vida en la plaza de Aguascalientes por la cornada de «Navegante». Se inicia así la tercera etapa de la carrera de José Tomás.
Reaparece en la Feria de Julio de Valencia y su toreo sigue siendo el mismo: un torero clásico y completo, que maneja bien tanto el capote, como la muleta y la espada. Ya son marca de la casa sus gaoneras, chicuelinas, estatuarios y naturales.
Sin embargo, si modifica su estrategia: cada vez torea menos.
Desde su reaparición ha toreado veintitrés corridas en Europa hasta el día de hoy. Nueve de ellas fueron ese mismo 2011, por lo que solo ha toreado catorce en los últimos ocho años, de las cuales seis han sido en la segunda quincena de junio (un 43%).
Destaca la matinal de Nimes, en la que se encerró con seis toros de Parladé e indultó a «Ingrato». Hizo toda la faena al natural, sin la ayuda.

José Tomás no es un torero más. José Tomás conjuga el arte y el valor como pocos otros hacen. En especial, destaca por esto último.
Su forma de torear, de una quietud extrema, de tratar de torear despacio mientras el toro pasa rozando su taleguilla, conmociona los tendidos. Él mismo afirmaba en una entrevista que no se pasa el toro cerca, que él solo se queda quieto y el toro es el que pasa cerca de él.

Al de Galapagar no le hacen falta gestos de cara a la galería. Se podría decir que tiene una frialdad que quema: hay que tener mucha sangre fría para no moverse lo más mínimo, ni cuando el toro viene a gran velocidad como en sus clásicos estatuarios de comienzo de faena, ni cuando este le da un inesperado parón que el efecto que tiene es calentar al público. Cuando se llega a ese nivel de excelencia, no hace falta sobreactuar para transmitir al tendido.
No olviden que el hielo también quema.

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