PETARDO DE ADOLFO Y FERRERA EN SU ENCERRONA

Dos años después, se volvía a encerrar Antonio Ferrera en Madrid con seis toros, aunque en este caso acabó matando siete, pero si hubiese sido por él habría matado, como mínimo, ocho.

Ninguno de los seis adolfos sirvió y Ferrera también estuvo muy monótono. Nada que ver con la tremenda variedad que mostró en 2019. En mi opinión, es preferible encerrarse con seis toros de distintas ganaderías, ya que al ser el torero siempre el mismo, así se le ve con embestidas distintas, sobre todo si se incluyen diferentes encastes.

No voy a ir faena a faena como suelo hacer en las crónicas, porque ya digo que fue todo totalmente lineal y aburrido. Quien esperaba ver a Ferrera haciendo de todo, como acostumbra, se equivocó. Vino a Madrid consciente de que es la primera plaza del mundo y sabedor del toreo que gusta aquí. Dejó de un lado las extravagancias que tanto le censuraron en su actuación de julio para demostrar que sigue sabiendo torear por una rama más clásica. Pero todo se quedó en las buenas intenciones. Estuvo siempre pendiente de los terrenos que mejor le venían a cada toro y los lució en el caballo. El veleto segundo apretó de salida y lo lidió bien Antonio. Como le vio esa bravura lo quiso dejar de punta a punta de la plaza en la suerte de varas, pero el toro fue tardo y no lo consiguió. Buenos puyazos aún así de Antonio Prieto. Lo volvió a intentar de nuevo con el tercero, pero el resultado fue el mismo.

Se puede decir que las cuadrillas le salvaron la tarde. Tanto los picadores, como, en especial, los banderilleros José Chacón, Montoliú (que fue feamente cogido sin consecuencias), Joao Ferreira y Fernando Sánchez. Qué bien estuvieron, en su línea.

De Ferrera hay que decir que con el segundo se arrimó y que en el quinto y el sexto trató de dar un pasito hacia delante, por ejemplo, ejecutando una tijerilla en el recibo o toreando sin la ayuda, pero este Ferrera no es el de hace dos años. Duda más y se nota en sus piernas inquietas, faltas de valor. Tampoco tuvo su tarde con la espada.

Con esas llegamos a la faena de muleta al sexto, cuando, de repente, el torero se gira hacia la presidencia y pide el sobrero de regalo, algo lícito en una encerrona. Lo concedió el usía y salió al ruedo un toro de Pallarés, más feo que los adolfos, pero con mucho más juego. Su embestida templada era para soñar el toreo, como diría Ponce. Ferrera por fin pudo sacar algunos buenos muletazos, como un trincherazo, pero no fue una faena maciza. También hubo muchos pases fuera de cacho y desplazando al toro hacia fuera. Igualito que lo de ayer… Además, la estética, inclinado hacia delante, tampoco ayudaba. Lo mejor fue, una vez más el tercio de banderillas, en el que el torero cogió cuatro pares y los compartió con las estrellas de la cuadrilla. Ferrera puso el primero y, a continuación, pusieron los otros tres José Chacón, Fernando Sánchez y Joao Ferrreira.

Durante los seis de Adolfo se vio que ni había toros ni toreros. Solo cuadrillas. Ahora bien, en este séptimo hubo más toro que torero y, a pesar de la media estocada tendida, le dieron una oreja festivalera, a pesar del ambiente de frialdad con el que se había vivido la tarde. Debió pensar Antonio que si había cortado una oreja así, qué mejor que pedir otro sobrero más de regalo, que a poco que hiciese salía a hombros. Esto es algo que me extrañó, porque ya no lo recoge el reglamento, pero por megafonía se anunció que salía el segundo sobrero cuando ya la gente se estaba marchando de la plaza. Sin embargo, al momento se contradecían porque era antirreglamentario. Enfado general y, por supuesto, del propio torero. Entre palmas de tango y lluvia de almohadillas acabó la encerrona, con más pena que gloria.

Posdata: el reglamento está para cumplirlo, pero hay cosas que abría que cambiar de él (además de que debe ser el mismo en todo el territorio nacional). Hoy, a lo mejor, tocaba ser un poco flexibles y dar ese segundo sobrero de regalo. Igual que por mucho que la primera oreja sea del público, creo que en Madrid no se debe dar una oreja como la del séptimo toro.

Plaza de toros de Las Ventas (tres cuartos de plaza dentro del aforo permitido): toros de Adolfo Martín (presentados en escalera, algunos en el tipo, pero justos para Madrid y otros cornalones) sin opciones y sosos, a excepción del segundo, y un sobrero de regalo de Pallarés con nobleza y toreabilidad, aplaudido en el arrastre.

Antonio Ferrera como único espada (de azul y oro): silencio, ovación, silencio, silencio tras aviso, palmas tras aviso, silencio tras aviso y oreja con tímidas protestas.

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